Mucho se habla desde hace tiempo de la ética y las buenas prácticas en diversos ambientes profesionales: directivos, empresas, etc., sobre todo como respuesta a una creciente demanda social, pero lamentablemente en la gran mayoría de los casos no pasa de una mera declaración de buenas intenciones que raramente se cumplen. Incluso ha habido propuestas concretas de implantación de códigos de buenas prácticas en centros tecnológicos, lo que tiene su lógica, puesto que los centros tecnológicos reciben una importante cantidad de financiación que procede de las arcas públicas y la gestión de muchos de ellos ha sido puesta en tela de juicio en varias ocasiones.

En su artículo Aspectos éticos en la dirección de proyectos Felix Lozano enumera algunos valores que considera de especial importancia a la hora de abordar esta cuestión:

  • El respeto a las personas, que se manifiesta en actitudes como la no discriminación, la comunicación abierta, la solidaridad, la tolerancia, etc.
  • La imparcialidad en el juicio, que significa anteponer el interés común al interés individual o corporativo; así como negarse a tomar decisiones basándose en prejuicios o información falsa o parcial.
  • La responsabilidad por las consecuencias. La determinación temporal del proyecto puede facilitar el descuido de la valoración de las consecuencias a largo plazo. Una actividad profesional deber hacerse cargo de las consecuencias de sus acciones y decisiones a medio y largo plazo.
  • Excelencia en el desarrollo de su quehacer profesional. La voluntad y la “pasión” por su trabajo debe ser un reflejo de su vocación y debe exigir a cada profesional el trabajar por la mejora permanente de sus conocimientos y capacidades profesionales. En un campo tan técnico y en el que cada año se incrementan considerablemente los conocimientos especializados, no poner el mayor empeño en el aumento de los conocimientos es una grave irresponsabilidad.

Pero no sólo es fundamental aplicar principios éticos en la propia gestión, sino también a la hora de evaluar los efectos o consecuencias que nuestro proyecto puede tener. En este sentido, hay que reseñar la iniciativa de la Universidad Politécnica de Madrid, que tiene desde 2006 un Comité de Ética de actividades de I+D+i, lo que supone ir un paso más allá de la unión de innovación y RSE.

El Séptimo Programa Marco incluye también la evaluación de los aspectos éticos de un proyecto, mencionando específicamente en las reglas de participación “any proposal which contravenes fundamental ethical principles or which does not fulfil the conditions set out in the specific programme, the work programme or in the call for proposals shall not be selected and may be excluded from the evaluation, selection and award procedures at any time” y según el artículo 6 de 7PM (Decision N1982/2006/EC) “All the research activities carried out under the Seventh Framework Programme shall be carried out in compliance with fundamental ethical principles“. También podemos encontrar documentos acerca de cómo integrar esos aspectos en un proyecto de I+D+i europeo.

Pero estas indicaciones se centran habitualmente en temas como la clonación humana o el uso de células madre, entre otros, siendo tan sólo los proyectos que incluyen estas cuestiones los que pasan por una revisión ética posterior. Más allá de estos temas, que están legislados y el debate se centra ahí, ¿no deberíamos plantearnos también los aspectos éticos de un proyecto en otras cuestiones? Por ejemplo, el impacto medioambiental, los beneficios reales que puede tener para la población, si poseee los principios de utilidad, dignidad humana o integridad, etc.  Es decir, una innovación que se sustente sobre un conjunto de principios y criterios éticos que favorezcan y apoyen el impacto positivo en la sociedad.

Ahora bien, ¿cómo es posible que un profesional aplique estas consideraciones si carece de estos valores? ¿es posible no vivir bajo esos principios y aplicarlos en tu trabajo como si de un método se tratase?