Desde hace años los ciudadanos estamos más concienciados en cuanto los procesos y las condiciones laborales en que se fabrican los productos que consumimos y la situación económica actual no ha hecho más que ahondar en esta creciente concienciación. Son numerosos los casos de empresas que han sufrido un gran varapalo en sus beneficios por producir en talleres con mano de obra barata, ilegal o infantil, así como por cuestiones relacionadas con la gestión medioambiental de sus desechos. Esta situación ha provocado que muchas empresas hayan puesto en práctica diversos programas e iniciativas destinados a mejorar su impacto social y medioambiental.

Un paso más allá ha sido el de buscar puntos de encuentro entre esas políticas de RSE y la gestión de la innovación. Las relaciones que se establecen –o que son posibles establecer- entre innovación y RSE han sido analizadas desde diferentes enfoques: complementariedad y sinergias, compatibilidades e incluso posturas abiertamente contrarias.

Pero ¿de qué forma podemos incluir prácticas responsables en los procesos de innovación? En la obra Innovación y responsabilidad social: Tándem de la Competitividad, de Carlos de la Torre e Itziar Maruri Palacín, encontramos algunas pautas:

  • Planificar la innovación en la empresa a largo plazo.
  • Impulsar la innovación abierta y su desarrollo.
  • Gestionar la innovación en la empresa de manera integral.
  • Poner en valor la importancia económica de la innovación.
  • Canalizar el compromiso con la innovación y hacer partícipe de todo el proceso al personal de la entidad.
  • Desarrollar una cultura innovadora y sostenible.
  • Invertir en investigación y desarrollo.
  • Favorecer la formación y cualificación de los trabajadores.
  • Fomentar la interacción entre innovación y responsabilidad social.
  • Vincular la innovación con los nuevos retos de la economía sostenible.

Uno de los objetivos fundamentales de la RSE es obtener un impacto positivo en la sociedad y la innovación puede contribuir a ello decididamente. La cuestión no es sólo tener un buen plan de I+D, una buena política de RSE o la búsqueda de las sinergias, sino que además la gestión responsable de la entidad puede ser en ocasiones el desencadenante de la propia innovación, como bien explica Mario López de Ávila en este texto.

Una innovación responsable se hace indispensable en un nuevo escenario en el que, como ya advirtió Peter Drucker en 2002, las empresas ya no van a competir con sus propios productos, sino con modelos de negocio. Modelos que surgen de la innovación y de unas prácticas responsables con nuestro entorno.