Dinamizar una comunidad de práctica

Las nuevas tecnologías y las herramientas de comunicación 2.0 no bastan por sí solas para poner en marcha cualquier proyecto de trabajo basado en la apertura y la colaboración. A menudo encontramos iniciativas que, moviéndose en el entorno 2.0, siguen manifestando las mismas características que modelos tradicionales cerrados y organizados de una forma jerárquica. Una de las formas más interesantes de aprendizaje y participación social es la comunidad de práctica que, como otras, también precisa de una correcta dinamización para conseguir un funcionamiento óptimo.

Poner en marcha una comunidad de práctica no es fácil, a pesar de ser un modelo bastante definido ya a nivel teórico. Manteniendo unos principios básicos de estructura horizontal y reticular y de un conocimiento abierto y compartido, se hace absolutamente necesaria la inclusión de la figura de un moderador o dinamizador. En este texto me voy a referir a esta figura como facilitador, tomando como referencia la definición de Sam Kaner, quien lo describe como el encargado de promover la participación, el entendimiento mutuo y las responsabilidades compartidas con el objetivo de apoyar el trabajo de los demás y conseguir que saquen lo mejor de sí mismos. Por supuesto, este facilitador debe ser también miembro de la comunidad de práctica, pues sólo alguien que participa activamente dentro de ella puede conocer bien sus necesidades, funcionamiento y oportunidades.

Pero, ¿y cuáles deberían ser las funciones de este facilitador? Pues, según Etienne Wenger, serían las siguientes (aunque él se refiere a esta figura como coordinador):

  • Identificar temas importantes que deben tratarse en el ámbito de la comunidad.
  • Planificar y facilitar las actividades de la comunidad.
  • Conectar informalmente a los miembros de la comunidad y gestionar los activos del conocimiento.
  • Potenciar el desarrollo de los miembros.
  • Ayudar a construir la práctica, incluyendo el conocimiento base, la experiencia adquirida, las mejores prácticas, las herramientas y los métodos, y las actividades de aprendizaje.
  • Valorar la salud de la comunidad de práctica y evaluar las contribuciones de los miembros a la organización.

A las que, repitiendo algunas de las mencionadas en un artículo anterior dedicado a la dinamización de la innovación, añadiría:

  • Realizar un inventario o seguimiento del contenido generado.
  • Establecer una cierta uniformidad de criterio.
  • Conseguir que todos los miembros sean al mismo tiempo productores y receptores de ese contenido.
  • Fomentar la creación de ideas y guiar a sus promotores para que sean viables.
  • Impulsar y mantener la motivación de los miembros.

Sin embargo, no toda la responsabilidad debe caer en la figura de este facilitador, porque los elementos principales de la comunidad son competencia de todos sus miembros:

  • Los proyectos, que son propuestos por cualquier participante y forman los núcleos de la acción de la comunidad,
  • los propios miembros, que además de proponer proyectos también colaboran en el desarrollo de otros dentro de la comunidad,
  • y, en última instancia, la organización de cualquier tipo de evento o taller, como pilar fundamental en la difusión de los proyectos y su puesta en común

Pero también ese facilitador no debe ser una sola persona, sino un equipo. Un equipo facilitador que puede ir cambiando con el tiempo, en función de las necesidades de la comunidad o del grado de compromiso de sus miembros. De esta forma, será más fácil hacer frente al reto más importante al que se enfrenta un facilitador de una comunidad de práctica: evitar a toda costa la identificación o confusión de su papel con el de un líder, tanto a nivel personal como de percepción por el resto de los miembros.

Tanto si la comunidad se gestiona de forma presencial o virtual es de vital importancia la participación de todos los miembros, tanto los más antiguos como los nuevos, puesto que esa colaboración va a ser fundamental para generar un sentimiento de pertenencia que permita el mayor grado de implicación y compromiso de sus miembros. Cuando el funcionamiento de la comunidad se basa sobre todo en la comunicación a través de internet esa participación se hace aún más importante. Frente a la pasividad y la apatía que en ocasiones puede generar nuestra participación en un creciente número de redes sociales y otras herramientas de la web 2.0, debemos tener presente un objetivo común, que es la colaboración, interacción y ayuda mutua para avanzar en un proyecto concreto o en la resolución de un problema. Porque en una comunidad de práctica la actitud y el compromiso de las personas que la forman van a ser el valor fundamental y diferencial del que dependerá su éxito o fracaso.


 

2 Comentarios

  1. José Carbonell (@jcarbace)

    19 Noviembre, 2012 at 12:33

    Buen y bien explicado post Juan Manuel. A modo de aportación complementaria añadir como muy necesario para el facilitador la empatía y la capacidad de delegación tanto competencial, de responsabilidad, funcional y operativa como de reconocimiento y mérito, esto último muy imperante para aumentar la implicación y recompensa por salario emocional.
    Saludos

    • ¡Muchas gracias José! Estoy totalmente de acuerdo con tu apunte. Lo cierto es, como comento en el texto, creo más en la figura de un equipo que en el de un sólo facilitador, porque de esa forma puede ser más fácil delegar tareas y responsabilidades, además de evitar que haya una sola persona a quien la comunidad preste atención. Como en muchas otras ciscunstancias, aquí también puede ocurrir que los miembros de la comunidad “sigan” de alguna forma a un “líder” y eso es algo que habría que evitar…

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